martes, 14 de mayo de 2013

ABRAMOS EL CORAZÓN A UNA MAYOR CONFIANZA


ABRAMOS EL CORAZON A UNA MAYOR CONFIANZA



Todo es posible al que cree, al que se mantiene firme y humilde en el Señor, de rodillas a los
pies de la Iglesia y de Quién la representa. Enhorabuena, pues, las experiencias de la fe, muchas e importantes, y que Dios nos asista para vivir en nosotros la Fe, virilmente y santamente!
Tomados de la mano del Señor, confortados con la bendición del Papa y de los Obispos no se
turbarán nuestros corazones.
Las pruebas y los sufrimientos recibidos de las manos de Dios no harán sino aumentar nuestra
Fe: ella arderá con un nuevo ardor, resplandecerá con una nueva luz, y será vida y calor espiritual para nosotros, será vida y luz de Cristo para las muchedumbres de niños pobres de toda raza y color, y para las multitudes inmensas de obreros y pueblos alejados de Cristo.
Animo, hijos míos, que el futuro es de Cristo y de quien vive de Fe diligente en la verdad y la caridad, hasta la muerte, hasta el holocausto para la salvación de los hermanos.
Animo, y adelante en el espíritu de Fe y de fidelidad, de piedad sólida y ardiente; ensanchemos el corazón y demos lugar a la máxima confianza, al más dulce amor a Dios y al prójimo. De la Fe nace la vida! El Reino de Dios no consiste en palabras sino en el poder de la Fe y de la caridad en Cristo.
Seamos, pues, fuertes en la fe, y practiquémosla con las obras de la caridad. Perseverantes en la oración, firmes en la Fe, pequeños y humildes a los pies de la Santa Iglesia, Madre de nuestra Fe y de nuestras almas, esperemos tranquilos y serenos la hora de Dios. El Señor, que con su mano
ha enjugado tantas lágrimas nuestras, convertirá en gozo todas nuestras tristezas: tengamos Fe!
Pero no pidamos a Jesús que nos libre de las tribulaciones y de las cruces, pues sería nuestra mayor desgracia: pidámosle hacer sólo y siempre su voluntad tal y como nos la manifiesta la Santa Iglesia, y esto hoy, mañana y siempre, y siempre en perfecta alegría, in Domino.

La oración perseverante que tenemos que hacer es pedirle su Santo amor, y nuestra santificación en la caridad: supliquémosle que, si así le agrada, nos haga compartir sus dolores y nos sumerja en el piélago amarguísimo de su corazón traspasado pero vivo de misericordia y caridad para con nosotros. Y nos dé la gracia de sufrir algo para aliviar los dolores del "dulce Cristo en la tierra", nuestro Santo Padre, y de la Iglesia tan perseguida.
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En

Lettere di Don Orione, II, pp. 459ss. Don Oriones escribe durante el viaje del 24 de junio de


1937 al Santuario Mariano de Itatí a sus religiosos reunidos para los ejercicios espirituales.
fUENTE:Libro En Nombre de la Divina Providencia

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