domingo, 18 de abril de 2021

VOTOS PERPETUOS DE DON ORIONE EN MANOS DE SAN PIO X

 Carta confidencial dirigida a sus religiosos, alumnos y benefactores, después  de la memorable audiencia del 19 de  abril de 1912 con el S. Padre Pío X.

Tortona, Pentecostés de 1912.

Queridísimos en Jesucristo:

El 19 de abril de este año será un día de eterno recuerdo. Eran las 12 cuando fui conducido ante nuestro Santo Padre Pío X, en audiencia privada.

Estaba allí, de blanco y sonriente, en su oficina, de pie ante la mesa de trabajo, y me miraba con su mirada llena de dulcísimo amor. Yo sentía una gran necesidad de postrarme a sus pies y escucharlo sobre muchas cosas, si bien lo había visto ya el jueves santo (4 de abril), cuando había conseguido escuchar la Misa y satisfacer un vivo deseo mío de recibir la Comunión pascual de sus manos veneradas.

Me arrodillé ante él con todo el amor de un hijo, besándole afectuosísimamente el pie y la mano. El Papa se sentó y con toda su bondad de Padre quiso que me sentara al lado y que lo informara; con mucho afecto me pidió noticias muy detalladas sobre la naciente Congregación. También esta vez se dignó, como siempre, mostrar un amor especial hacia la Pequeña Obra de la Divina Providencia; y aquí también se ve la gran humildad del Vicario de Nuestro Señor Jesucristo. Ante tanta afabilidad yo estaba muy confundido, pero pude referir lo que vosotros, queridos míos, hacéis con la ayuda de la Providencia de Señor; observé que el Santo Padre se conmovía grandemente y se interesaba por nuestra pequeñez –¡amado Santo Padre! –, por nuestra nada, y sonreía a cada buena noticia, como quien escucha algo que le agrada y se alegra en Dios.

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El Papa habló también de una obra muy importante y muy deseada por él, que debía realizarse en Roma, más allá de la Puerta de San Juan de Letrán, obra no sólo de culto, sino de un trabajo práctico de formación cristiana para la juventud y para el bien religioso, moral y civil de toda una considerable población. Saliendo de la Puerta de San Juan, no existía, hasta pocos años atrás, ninguna iglesia abierta al culto, mientras la población crecía cada día más; hoy llega tal vez a diez mil habitantes. Por casi dos kilómetros la Via Appia Nuova está flanqueada por casas-quintas y hosterías, casas populares y algunos edificios que son verdaderos viveros humanos.

Un día –el 9 de diciembre de 1906–, el S. Padre me dijo ”¿Sabes que más allá de la Puerta de San Juan se está como en la Patagonia? Muchos son cristianos porque los llevaron a bautizar a San Juan de Letrán, pero por lo demás está todo por hacerse”.

Algún tiempo antes, un Arzobispo de América había llamado a la Pequeña Obra de la Divina Providencia al Brasil para confiarle una inmensa zona para evangelizar. El Señor permitió que entonces no se fuera allí, y ahora el Santo Padre encomendaba a nuestra misión las mismas Puertas de Roma y, después del terremoto, el otro trabajo que ya conocéis.

Por la benevolencia y con la ayuda de Su Eminencia Revma. el Señor Cardenal Respighi, vicario de Su Santidad, y del Revmo. Mons. Faberi, asesor del Vicariato, se pudo alquilar un local a un kilómetro de la Puerta. Una doble caballería fue limpiada y, transformada en iglesia provisoria, fue abierta al público. Se empezó con los ejercicios espirituales, que en un comienzo fueron molestados por algunos malintencionados, quienes, por espíritu sectario, no querían ver a los sacerdotes; hoy hay allí cuatro sacerdotes que trabajan, pero no pueden hacerlo todo, y otros obreros evangélicos, llenos de buena voluntad y de salud, se están preparando para ir a ampliar el trabajo de ellos. Durante el año, se administran ya entre diez y doce mil Comuniones, que forman el fondo espiritual de otro trabajo que se hará; se constituyó un Círculo Juvenil, la Compañía de los Luises, la floreciente Unión de las Madres Cristianas y se publica un boletín quincenal, “La Cruz”. Ahora surgirá allí, por la munificencia del S. Padre, una hermosa iglesia que será parroquia; un día le pregunté cómo deseaba que se llamara y él dijo: “Que se llame de Todos los Santos”. Me parece que la Divina Providencia se dignará hacer surgir junto a la  iglesia un gran Oratorio popular en bien de la juventud, tan insidiada en la fe y  en las buenas costumbres; y anexas estarán las obras parroquiales, especial[1]mente para los padres de familia y para las organizaciones obreras cristianas; se abrirán escuelas vespertinas y de religión; habrá biblioteca popular, un teatrito, un buen cine y cuanto se necesita hoy para hacer un poco de bien para salvar las almas.

Está de más que os diga que para este santo fin me dirigiré confiadamente a pedir ayuda espiritual y material a todos mis beneméritos Amigos y Cooperadores de la Providencia, porque no os oculto que para esta obra querida por el Papa y de supremo bien para miles y miles de almas, se necesitará dinero, queridos Benefactores, mucho dinero; la Providencia del Señor mandará el dinero también por vuestra mano. Mientras tanto, hay que rezar y trabajar, rezar y trabajar in Domino, sin demora y sin interrupciones, con solicitud y a la par con paz espiritual, todos los que quieran ayudarnos, los que quieren salvar almas, cada uno según la gracia de Dios y sus fuerzas.

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¡Almas y almas! Este es nuestro suspiro y nuestro grito: ¡almas y almas!

Y trabajar con humildad, con simplicidad y fe, y después adelante en nombre del Señor, sin perturbarnos nunca; adelante con confianza, que es Dios quien hace todo, El que es el único que conoce las horas y los momentos de sus obras y  tiene en sus manos a todos y todo. Adelante con fe vivísima, con confianza total y filial en el Señor y en su Iglesia, porque es bien pobre el hombre o la institución humana que cree hacer algo.

El Señor es el que hace y si El no edifica la casa, en vano trabajan quienes la edifican. Tenía necesidad, entonces, de conocer claramente la voluntad de Dios sobre muchas cosas, y por eso, cuando me encontré ante el Santo Padre, sin dejar de lado la suma reverencia que se le debe, animado por su bondad, abrí al Papa mi alma, exponiéndole todo lo que me parecía que debía decirle. Y la palabra del Vicario de Jesucristo llegó clara, precisa y llena de fe y de paterna  bondad.

¡Oh, Dios mío! ¡Qué dulzura es hablar con nuestro Santo Padre Pío X! Él tiene las palabras de vida eterna. ¡Cuánta serenidad y purísima confianza en el Señor hay en el corazón del Papa! ¡Cuánta luz divina lo guía en el gobierno de la Iglesia!

Si antes de estar con él, en algunas cosas caminaba casi en la oscuridad, como ya dije, después de estar a sus pies, como un niño, me pareció de repente que la dulce luz de Dios llovía sobre mí de manera que toda tiniebla desaparecía y era vencida, y esa luz iba creciendo suavemente en el alma y resplandecía dentro de mí, tanto que me encontraba caminando a la luz bella y alta de un sol.

Y ya no me costaba discernir, sino que era como si me condujeran, y el andar se me hizo llevadero y ligero, y no me queda más que caminar veloz con esa suave y santa gracia de amor a Dios y a las almas, con mucha humildad, con la exultación del espíritu y bendiciendo en mi corazón al Señor, siempre bueno y misericordioso. Os confieso, mis queridos hijos y benefactores, que esta audiencia papal no fue para mí sólo un dulcísimo gozo, sino que siento que me ha renovado totalmente en Cristo y me ha alentado a servir a la Iglesia, porque ha dejado en mí un deseo más vivo y fuerte de consagrarme eternamente a amar a Dios y a sembrar en los corazones, especialmente de los pequeños y del pueblo, el dulce amor de Dios y del Papa. ¡Qué consuelos inefables se tienen estando

humilde y fielmente a los pies de la Iglesia y de la Sede Apostólica!

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Y aquí, queridísimos hermanos míos en el Señor, ex alumnos y óptimos benefactores de nuestros huérfanos, que siempre me habéis ayudado con tanta caridad de corazón y de obras, aun en los momentos de mayores angustias y dificultades, no debo callar un hecho de capital importancia, memorable para la vida y el porvenir de la pequeña Congregación del cual se puede decir que es el

solemne nacimiento de ésta. Como ya lo fue para mí, también a todos vosotros –que amáis a la Divina Providencia o habéis crecido entre sus brazos maternales o la servís y socorréis en sus niños pobres o abandonados– os resultará de inmenso e insuperable gozo, si bien en el momento de hablar de esto casi tengo vergüenza, porque sé bien qué miserable soy y siento todavía que tengo que humillarme delante de Nuestro Señor y de nuestra Santísima Madre por tan insigne favor; y mientras agradezco siempre la bondad de Dios y del Santo Padre, me siento impulsado a exclamar: ¡el Señor, el Señor lo hizo, y es cosa admirable a nuestros ojos!

En esos santos momentos, viendo la gran confianza del Santo Padre, su paterna y divina caridad hacia la Pequeña Obra, osé pedirle una gracia grandísima. Y el Santo Padre, sonriendo, me dijo: “Veamos cuál es esa grandísima gracia”.

Entonces le dije humildemente que fin primero y fundamental de nuestro Instituto era dirigir todos nuestros pensamientos y nuestras acciones al incremento y a la gloria de la Iglesia, a difundir y establecer primero en nuestros corazones y luego en el de los pequeños el amor al Vicario de Jesucristo; por eso, debiendo hacer los votos religiosos perpetuos, le rogaba que se dignara, en su caridad, recibirlos en sus manos, siendo y queriendo ser este Instituto todo amor y totalmente del Papa.Y el S. Padre me dijo enseguida y con mucho gusto que sí, nunca podré decir con cuánto consuelo para mi alma. Le agradecí y la Audiencia continuó. Cuando estaba por terminar, pregunté a Su Santidad cuándo debía volver para los santos votos. Y nuestro Santo Padre me respondió: “Puede ser ahora mismo”.

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¡Dios mío! ¡Qué momento fue aquél!

Me puse de rodillas ante el Santo Padre, le abracé y le besé los pies benditos; saqué del bolsillo un librito que había llevado conmigo, presintiendo la gracia, y que los pequeños Hijos de la Divina Providencia conocerán; lo abrí donde estaba la fórmula de los santos votos y donde ya había puesto una señal. Pero en aquel momento tan solemne y santo, recordé que según las normas canónicas se necesitaban dos testigos, y los testigos no estaban, puesto que la Audiencia era privada.

Entonces levanté los ojos al S. Padre y me animé a decirle: Padre Santo, como Vuestra Santidad sabe se necesitarían dos testigos, a no ser que Vuestra Santidad se digne dispensar. Y el Papa, mirándome con mucha dulzura y con una sonrisa celestial en los labios, me dijo: Serán Testigos mi Ángel custodio y el tuyo. ¡Qué felicidad de Paraíso! Amado Jesús; ¡cómo me has confundido por ese poco de amor que, por tu gracia, te tengo a Ti y a tu dulce Vicario en la tierra! ¡Bendito seas eternamente, ¡Señor mío, bendito seas eternamente!

Postrado a los pies del S. Padre Pío X como a los pies mismos de Nuestro Señor Jesucristo, en presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, habiendo invocado a mi dulce y Beatísima Madre nuestra, la Ssma. Virgen María, Inmaculada Madre de Dios, al glorioso San Miguel Arcángel, a mi amadísimo San José y a los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, y a todos los San[1]tos y a todos los Ángeles del Cielo, emití mis votos religiosos perpetuos y una especial y solemne promesa: un explícito y verdadero juramento de amor hasta mi consumación y de fidelidad eterna a los pies y en las manos del Vicario de Cristo. ¡Y dos Ángeles eran testigos, y uno era el de nuestro Santo Padre!

Me incliné profundamente hasta el suelo, mientras el Papa extendía su mano sobre mi pobre cabeza para bendecirme; yo sentía que la Bendición Apostólica descendía y me envolvía completamente por dentro y por fuera, como si Dios viniera a mí, mientras la voz suavísima y santa del Papa conti[1]nuaba la grande, tan consoladora y amplísima bendición.

¡Oh Señor, qué bueno sois, amado Señor! ¡Todo sea a vuestro honor y gloria! ¡Bendito sea el Señor todos los días! Confirma hoc, Deus, quod operatus es in nobis: Alleluja!

Hijos míos, alabemos al Señor: Alleluja!... Alleluja! Y que su misericordia, que desciende de las nubes hasta sus más pequeñas creaturas, confirme lo que El ha hecho.

Alleluja! Confitemini Domino, quoniam bonus: quoniam in saeculum mi[1]sericordia Eius. Alabemos al Señor porque es bueno, porque su misericordia es eterna.

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