viernes, 12 de agosto de 2016

15 DE AGOSTO ¡¡¡¡ EL PADRE ANGEL !!!!!




17.08.2011) El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, el P. Ángel Pellizari pasó a la casa del Padre. Fue el pionero de la presencia orionita en Paraguay.
Nació en Gossolengo (Piacenza, Italia) el 18 de julio de 1926, siendo el sexto de siete hermanos. Durante una visita a su hermano Narciso, quien había ingresado a la Congregación, se sintió impactado por el clima de alegría con que se vivía en el seminario menor, decidiéndose a entrar en la Congregación, el 14 de noviembre de 1937 en San Bernardino, Tortona.
Tras ser ordenado sacerdote en 1954, fue encargado del Oratorio de San Bernardino en Tortona, luego capellán de los obreros de la Onarmo, y más tarde director del aspirantado de la ciudad de Modena, donde estuvo solo un año, ya que 1965 llega como misionero a la Argentina.
En nuestro país, fue durante once años párroco de la Divina Providencia del barrio porteño de Pompeya (Buenos Aires), hasta que el 1º de agosto 1976, comenzó una nueva etapa como misionero en Paraguay, dando inicio a la misión “Ñeembucú Sur”, a la que un año más tarde se agregaría el recordado padre Luis Cacciutto.
Tras diez años de intenso trabajo de evangelización popular y promoción social, con abundantes frutos, el padre Ángel se trasladó a Asunción para iniciar el Pequeño Cottolengo Paraguayo, en la localidad de Mariano Roque Alonso.
En 1989 regresó a Italia donde es párroco de San Miguel (Tortona) hasta el año 2002, en que una enfermedad le obligó a abandonar sus tareas. Sus últimos nueve años los pasó en Génova, hasta su partida definitiva a la casa del Padre, a los 85 años de edad.
El padre Roberto Simionato, Viceprovincial de Chile, lo recuerda como alguien “bajito, pero que pensaba las cosas de Dios en grande”. “Tuvo el gran mérito de lanzarse y comenzar la misión de Paraguay, pese a la oposición de muchos...” explica el padre Roberto, agregando que “a sus jóvenes 50 años, en 1976 dejó la gran ciudad (Buenos Aires) y no le tuvo miedo al Paraná, a los esteros, al idioma guaraní y comenzó todo de cero, recorriendo inicialmente de a pie los caminos peliagudos del Ñeembucú”.
“Fue un gran misionero. A él le deben la vocación, después que a Dios, los varios hermanos paraguayos que hoy están en la Congregación”, concluye el padre Simionato.
17.08.2011) El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, el P. Ángel Pellizari pasó a la casa del Padre. Fue el pionero de la presencia orionita en Paraguay.
Nació en Gossolengo (Piacenza, Italia) el 18 de julio de 1926, siendo el sexto de siete hermanos. Durante una visita a su hermano Narciso, quien había ingresado a la Congregación, se sintió impactado por el clima de alegría con que se vivía en el seminario menor, decidiéndose a entrar en la Congregación, el 14 de noviembre de 1937 en San Bernardino, Tortona.
Tras ser ordenado sacerdote en 1954, fue encargado del Oratorio de San Bernardino en Tortona, luego capellán de los obreros de la Onarmo, y más tarde director del aspirantado de la ciudad de Modena, donde estuvo solo un año, ya que 1965 llega como misionero a la Argentina.
En nuestro país, fue durante once años párroco de la Divina Providencia del barrio porteño de Pompeya (Buenos Aires), hasta que el 1º de agosto 1976, comenzó una nueva etapa como misionero en Paraguay, dando inicio a la misión “Ñeembucú Sur”, a la que un año más tarde se agregaría el recordado padre Luis Cacciutto.
Tras diez años de intenso trabajo de evangelización popular y promoción social, con abundantes frutos, el padre Ángel se trasladó a Asunción para iniciar el Pequeño Cottolengo Paraguayo, en la localidad de Mariano Roque Alonso.
En 1989 regresó a Italia donde es párroco de San Miguel (Tortona) hasta el año 2002, en que una enfermedad le obligó a abandonar sus tareas. Sus últimos nueve años los pasó en Génova, hasta su partida definitiva a la casa del Padre, a los 85 años de edad.
El padre Roberto Simionato, Viceprovincial de Chile, lo recuerda como alguien “bajito, pero que pensaba las cosas de Dios en grande”. “Tuvo el gran mérito de lanzarse y comenzar la misión de Paraguay, pese a la oposición de muchos...” explica el padre Roberto, agregando que “a sus jóvenes 50 años, en 1976 dejó la gran ciudad (Buenos Aires) y no le tuvo miedo al Paraná, a los esteros, al idioma guaraní y comenzó todo de cero, recorriendo inicialmente de a pie los caminos peliagudos del Ñeembucú”.
“Fue un gran misionero. A él le deben la vocación, después que a Dios, los varios hermanos paraguayos que hoy están en la Congregación”, concluye el padre Simionato.

A sus jóvenes 50 años, no le tuvo miedo al Paraná, a los esteros, al idioma guaraní y comenzó todo de cero Santiago, 15 de agosto de 2011

¡Oremos, hermanos, por el P. Ángel!

Tuvo el gran mérito de lanzarse y comenzar la misión de Paraguay, pese a la oposición de muchos de sus amigos (entre quienes me cuento, muy amigo, a la vez que contrario a la iniciativa).

Bendecido y alentado por Don Terzi, cumplió la predicción de Don Orione a Mons. Bogarín que siendo joven sacerdote estudiante en Roma, le oyó decir que sería él (Bogarín) quien introduciría la Congregación en Paraguay.

El P. Ángel, que había dedicado una decena de años a la parroquia de Pompeya en Buenos Aires, a sus jóvenes 50 años, en 1976, dejó la gran ciudad y no le tuvo miedo al Paraná, a los esteros, al idioma guaraní y comenzó todo de cero, recorriendo (inicialmente de a pie) los caminos peliagudos del Ñeembucú.

El P. Ángel era bajito, pero las cosas de Dios las pensaba en grande. Por eso en 1983 dejó el campo y volvió a la ciudad (esta vez Asunción) y comenzó el Pequeño Cottolengo para que la caridad orionita fuera completa.

Fue un gran misionero. A él le deben la vocación –después que a Dios– los varios hermanos paraguayos que hoy están en la Congregación.

Yo fui testigo y, una vez convertido, su admirador.

Deo gratias!

P. Roberto Simionato, fdp Superior Viceprovincial (Chile)

sábado, 9 de julio de 2016

¡¡¡¡ VIVA LA ARGENTINA !!! ORACIÓN DE DON ORIONE POR LA ARGENTINA

foto: fuente, DonOrione.Ar

¡Viva la Argentina!
En este 9 de Julio donde se celebra el bicentenario de nuestra Declaración de Independencia, compartimos el amor de Don Orione por “su segunda Patria”
Don Orione visitó por primera Argentina entre 1921 y 1922, oportunidad en la que funda la comunidad orionita de Victoria (Buenos Aires).
En 1934 regresa a la Argentina y durante tres años desarrolla una incansable tarea apostólica, pastoral y social. En 1935 funda el Pequeño Cottolengo Argentino en Claypole y la sociedad ya reconoce en él al "Apóstol de la caridad".
La admiración y el afecto que su figura despierta se ve correspondida por el profundo amor que Don Orione siente hacia nuestro país y su gente: "Ama Señor a la Argentina, porque la Argentina ama a tus pobres".
El amor recíproco entre Don Orione y el pueblo argentino se traduce en innumerables gestos de bondad y solidaridad que el mismo Don Orione y los suyos convierten en obras para los niños, los jóvenes y los más débiles de nuestra patria.
El mensaje de Don Orione es una invitación a mirar la realidad para transformarla con la caridad. Una caridad que se realiza no como paliativo asistencial, sino como promoción de justicia, de dignidad humana y de salvación integral del hombre y de la sociedad.
Fruto de ese amor y reconocimiento, Don Orione escribe en 1936 su Oración por la Argentina
¡Oh Jesús, que tanto has amado a tu patria
y consagraste el amor de patria
derramando lágrimas de sangre sobre Jerusalén,
mira con siempre mayor benignidad, oh Señor,
a ésta, mi segunda Patria, a este gran pueblo argentino,
que me hospeda; donde el soplo
de la más generosa y cristiana caridad
ha dado vida al "COTTOLENGO ARGENTINO",
que recibe a los pobres más infelices y desamparados
de toda nacionalidad y toda creencia!
¡Cuánta amabilidad,
cuánta inteligente bondad he hallado!
¡Cuánta virtud y cuánto bien he aprendido
de este clero y de este pueblo!
En todos, y entre los ricos, y entre los pobres obreros,
he hallado corazones de príncipes.
Ama, oh Señor, a la Argentina,
porque la Argentina ama a tus pobres.
La fe y la nobleza de corazón de esta nación
son tan grandes, que bien merece
todas las bendiciones del cielo.
Brillen luego para ella días siempre más bellos
de esperanza en la luz de Cristo, luz de la ciencia,
de la libertad y del trabajo,
días llenos de prosperidad y de gloria".
Don Orione de la Divina Providencia. Buenos Aires,
diciembre de 1936

SOLO LA CARIDAD SALVARÁ AL MUNDO




SOLO LA CARIDAD SALVARA AL MUNDO
“Debemos suponer que la intuición de Don Orione no fuese solamente la resolución de algunos problemas sociales: niños abandonados, marginación y abandono de discapacitados físico-mentales, adolescentes y jóvenes con necesidad de instrucción civil, moral y religiosa sólida sino, y fundamentalmente, el llamado de Dios a expresar “la caridad” bajo este aspecto de misericordia.
De aquí podríamos deducir que, su expresión de que: “sólo la caridad salvará al mundo”..., no se refería estrictamente al bien que sus hijos podrían realizar porque esto resultaría siempre,
aunque loable, poca cosa.
El mundo se salva por la caridad cuando, no sólo se alivia al hermano necesitado, sino que se opera una transformación interior en el que da. Cuando el que toma la iniciativa de amar se
reconoce incapaz por sí mismo y se experimenta “enviado”, acoge a su hermano tal como es, aprende de él, lo valora y —como en un tercer momento— lo sirve.
En verdad, estos tres momentos no existen como un proceso sino que son simultáneos. El error está en olvidarlos y caer en el riesgo de creernos o protagonistas de la Caridad o autosuficientes en el servicio.
Bajo esta luz, los religiosos (y también los laicos) que buscamos encarnar este carisma no debemos esforzarnos tanto en la perfección de nuestras obras, en su cantidad, en su eficiencia sino, en “dejarnos tocar” por Dios en el hermano. El hermano, según tantos escritos del Fundador, ¡es JESÚS!...
En el “espacio de la Caridad”, mientras procuramos socorrer y atender las necesidades del hermano pobre, debemos dejarnos tocar y atender por Dios en nuestras necesidades más profundas.
El “espacio de mi Caridad” es el lugar donde puede operarse la Caridad de Dios conmigo..."

Hna. Ma. Adriana Zbicajnik (PHMC

sábado, 28 de mayo de 2016

¡¡¡¡ CURAS QUE CORREN !!!!



Toda la Iglesia está llamada a caminar con Jesús por las calles del mundo,  para encontrar a la humanidad necesitada de hoy
(RV).- Sigan siendo  «curas que corren» para servir a Cristo en los pobres y marginados, siempre atentos para que la fe no se vuelva ideología, ni la caridad filantropía. Exhortación, aliento y gratitud del Papa Francisco, con su cordial bienvenida a los participantes en el Capítulo General de La Pequeña Obra de la Divina Providencia, Congregación fundada por San Luis Orione, encabezados por el nuevo Superior General, Don Tarcisio Vieira.
«Siervos de Cristo y de los pobres», fidelidad y profecía en diálogo con las periferias de la pobreza y de la nueva evangelización, con el tema sobre el que han reflexionado en días pasados, el Obispo de Roma hizo hincapié en las dos dimensiones de la vida personal y apostólica, que deben estar siempre unidas:
«Están llamados y consagrados por Dios para permanecer con Jesús y servirlo en los pobres y en los excluidos de la sociedad. En ellos, ustedes tocan y sirven la carne de Cristo y crecen en la unión con Él, vigilando siempre para que la fe no se vuelva una ideología y la caridad no se reduzca a filantropía. Y que la Iglesia no acabe siendo una ONG.
«El ser siervos de Cristo cualifica todo lo que son y hacen, garantiza su eficacia apostólica, hace fecundo su servicio. Don Orione les recomendaba «buscar y curar las llagas del pueblo, curar sus enfermedades, salir a su encuentro en lo moral y en lo material: de este modo su acción no será sólo eficaz, sino profundamente cristiana y salvadora» (Escritos 61,114). ¡Los aliento a seguir estas indicaciones, más verdaderas que nunca! En efecto, de este modo no sólo imitarán a Jesús Buen Samaritano, sino que ofrecerán a la gente la alegría de encontrar a Jesús y la salvación que Él brinda a todos».
En efecto, «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría», señaló el Papa, con su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (1). Y reiterando que el anuncio del Evangelio, en especial en nuestros días requiere tanto amor al Señor, unido a una especial iniciativa, evocó al Fundador y a los «curas que corren», renovó su exhortación a «salir» llevando la misericordia de Dios, sin perder de vista su pertenencia a la Iglesia y a su comunidad:
«Con Don Orione, yo también los exhorto a no permanecer encerrados en sus ambientes, a ‘salir’. Hay tanta necesidad de sacerdotes y religiosos que no se detengan sólo en las instituciones de caridad – aun tan necesarias – sino que sepan ir más allá, para llevar a todos los ambientes, también lejanos, el perfume de la caridad de Cristo. Nunca pierdan de vista su pertenencia a la Iglesia y a su comunidad religiosa, su corazón tiene que estar donde está su ‘cenáculo’, pero luego hay que salir para llevar la misericordia de Dios a todos, sin distinción».
Sin olvidar la importancia de la adhesión personal a Cristo, de la formación espiritual, de los jóvenes y de las vocaciones, el Papa Francisco, encomendó a toda la Congregación a la maternal protección de la Virgen María, «Madre de la Divina Providencia». Renovó su ruego de rezar por él y su servicio a la Iglesia y les dio su Bendición Apostólica, abrazando también a todos los que comparten el carisma de la familia orionista.

martes, 3 de mayo de 2016

¡¡COMUNICACIÓN Y MISERICORDIA!! MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES 2016 !!




Queridos hermanos y hermanas,
El Año Santo de la Misericordia nos invita a reflexionar sobre la relación entre la comunicación y la misericordia. En efecto, la Iglesia, unida a Cristo, encarnación viva de Dios Misericordioso, está llamada a vivir la misericordia como rasgo distintivo de todo su ser y actuar. Lo que decimos y cómo lo decimos, cada palabra y cada gesto debería expresar la compasión, la ternura y el perdón de Dios para con todos. El amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento. Y si nuestro corazón y nuestros gestos están animados por la caridad, por el amor divino, nuestra comunicación será portadora de la fuerza de Dios.
Como hijos de Dios estamos llamados a comunicar con todos, sin exclusión. En particular, es característico del lenguaje y de las acciones de la Iglesia transmitir misericordia, para tocar el corazón de las personas y sostenerlas en el camino hacia la plenitud de la vida, que Jesucristo, enviado por el Padre, ha venido a traer a todos. Se trata de acoger en nosotros y de difundir a nuestro alrededor el calor de la Iglesia Madre, de modo que Jesús sea conocido y amado, ese calor que da contenido a las palabras de la fe y que enciende, en la predicación y en el testimonio, la «chispa» que los hace vivos.
La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad. Es hermoso ver  personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía. Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que llevan a expresarse con mensajes de odio. La palabra del cristiano, sin embargo, se propone hacer crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no romper nunca la relación y la comunicación.
Quisiera, por tanto, invitar a las personas de buena voluntad a descubrir el poder de la misericordia de sanar las relaciones dañadas y de volver a llevar paz y armonía a las familias y a las comunidades. Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos. En todos estos casos la misericordia es capaz de activar un nuevo modo de hablar y dialogar, como tan elocuentemente expresó Shakespeare: «La misericordia no es obligatoria, cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe» (El mercader de Venecia, Acto IV, Escena I).
Es deseable que también el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la misericordia, que nunca da nada por perdido. Hago un llamamiento sobre todo a cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que estén siempre atentos al modo de expresase cuando se refieren a quien piensa o actúa de forma distinta, o a quienes han cometido errores. Es fácil ceder a la tentación de aprovechar estas situaciones y alimentar de ese modo las llamas de la desconfianza, del miedo, del odio. Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. […] Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,7.9).
Cómo desearía que nuestro modo de comunicar, y también nuestro servicio de pastores de la Iglesia, nunca expresara el orgullo soberbio del triunfo sobre el enemigo, ni humillara a quienes la mentalidad del mundo considera perdedores y material de desecho. La misericordia puede ayudar a mitigar las adversidades de la vida y a ofrecer calor a quienes han conocido sólo la frialdad del juicio. Que el estilo de nuestra comunicación sea tal, que supere la lógica que separa netamente los pecadores de los justos. Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado – violencia, corrupción, explotación, etc. –, pero no podemos juzgar a las personas, porque sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar a las víctimas y de levantar al caído. El evangelio de Juan nos recuerda que «la verdad os hará libres» (Jn 8,32). Esta verdad es, en definitiva, Cristo mismo, cuya dulce misericordia es el modelo para nuestro modo de anunciar la verdad y condenar la injusticia. Nuestra primordial tarea es afirmar la verdad con amor (cf. Ef 4,15). Sólo palabras pronunciadas con amor y  acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores. Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa.
Algunos piensan que una visión de la sociedad enraizada en la misericordia es injustificadamente idealista o excesivamente indulgente. Pero probemos a reflexionar sobre nuestras primeras experiencias de relación en el seno de la familia. Los padres nos han amado y apreciado más por lo que somos que por nuestras capacidades y nuestros éxitos. Los padres quieren naturalmente lo mejor para sus propios hijos, pero su amor nunca está condicionado por el alcance de los objetivos. La casa paterna es el lugar donde siempre eres acogido (cf. Lc 15,11-32). Quisiera alentar a todos a pensar en la sociedad humana, no como un espacio en el que los extraños compiten y buscan prevalecer, sino más bien como una casa o una familia, donde la puerta está siempre abierta y en la que sus miembros se acogen mutuamente.
Para esto es fundamental escuchar. Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger. Escuchar es mucho más que oír. Oír hace referencia al ámbito de la información; escuchar, sin embargo, evoca la comunicación, y necesita cercanía. La escucha nos permite asumir la actitud justa, dejando atrás la tranquila condición de espectadores, usuarios, consumidores. Escuchar significa también ser capaces de compartir preguntas y dudas, de recorrer un camino al lado del otro, de liberarse de cualquier presunción de omnipotencia y de poner humildemente las propias capacidades y los propios dones al servicio del bien común.
Escuchar nunca es fácil. A veces es más cómodo fingir ser sordos. Escuchar significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar, custodiar la palabra del otro. En la escucha se origina una especie de martirio, un sacrificio de sí mismo en el que se renueva el gesto realizado por Moisés ante la zarza ardiente: quitarse las sandalias en el «terreno sagrado» del encuentro con el otro que me habla (cf. Ex 3,5). Saber escuchar es una gracia inmensa, es un don que se ha de pedir para poder después ejercitarse practicándolo.
        También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. Pido que el Año Jubilar vivido en la misericordia «nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación» (Misericordiae vultus, 23). También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común.
        La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas. Esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad». El encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra. En un mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad.